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Cómo hemos llegado hasta aquí (III)


En las buenas trilogías el segundo acto, ese que va justo en el medio, es el más oscuro. Los héroes se enfrentan a sus miedos, hay alguna pérdida importante, desaparece la fe en la misión y todo parece irse al garete. Esto no es una trilogía y tampoco hay héroes pero en esta tercera parte del mapa que nos indica cómo hemos llegado hasta aquí cabe también la tristeza.


Porque hoy que escribo estoy muy contento, pero no siempre es así. Y a veces parece que ando de fiesta pero, oye, no. Y creo que es bueno decirlo. Y reflejarlo. Y que las redes no sean todo colorín y pingajo, que, oiga, la vida no es todo colorín y pingajo.


El del diario de hoy, el desesperanzado, el cansado, al que le cuesta encontrar el sentido, también soy yo. Y este también me ha traído (¡y mucho!) hasta aquí.


Pero no me enrollo. Mejor os dejo directamente con este poquito de vulnerabilidad:

8 de junio de 2020, 3:43 AM


"Arrastrado de desánimo, anegado en la desilusión y en esta tristeza boba que me sobreviene, escribo a Pepe Mujica. Por tercera vez. Para la misma cuestión.


Supongo que la esperanza es esto. La esperanza solo cobra sentido en el desánimo, cuando todo está en sombra. ¿Quién necesita la esperanza en la bonanza?


Pero tampoco me apetece mucho pensarlo, la verdad. Hoy me he dejado un bigote ridículo (la pura definición de mostacho) y llevo sintiéndome idiota unas cuantas horas. ¿Quién quiere hablar de esperanza cuando se siente idiota? ¿Quién busca moralejas cuando está abochornado?


Hoy he descubierto (me lo ha revelado Marta) que no sonrío a Bruno. Que lo hago muy poco. Aunque en mi cabeza lo haga de oreja a oreja, se conoce que solo expreso la mueca esa que me sale. La de las fotos. La imperceptible. Ese amago de ictus pequeño, ese esbozo de gesto ínfimo. Mi sonrisa. Eso que llamo mi sonrisa y nadie ve, yo que me paso el día sonriendo. La sonrisa interior. Podría titular así algo que ninguna editorial quiera publicar.


El caso es que, para que Bruno me vea la sonrisa, me he lanzado a quitarme la barba. Entera excepto el bigote (el citado mostacho) y las patillas. Ya me rondaba la idea por la cabeza y ya me imaginaba como ese galán interior (adonis ínfimo, amago de apolo) que me creo cuando me pienso a futuro y de aventuras, en ese que seré. Sin embargo, ha sido este descubrimiento, el de la involuntaria seriedad ante mi hijo, el de la infancia de padre adusto que sin querer le estaba regalando, lo que ha precipitado mi decisión.


El resultado: el mostacho. Eso y una cara a medias que se ha quedado sin ganas de sonreír. Rostro de espantajo, entrevista de trabajo en el espejo, cola del paro de las expectativas.


Me encuentro en lo cotidiano con mi pequeñez, con el héroe que no soy, con todo lo no logrado, y cambio el género de mi historia. No me narro igual mientras sigo adelantando la trama. Me acuerdo de la bobada de lo de sentir el mal físico como alerta de victoria mientras me siento mal. Y triste. Una tristeza que supera los contornos de revolucionario trasnochado sin barbilla de mi mostacho, claro. Es otra cosa. La tristeza de dentro. La tristeza, esta sí, íntima.


Y por eso, quizá solo por eso, estoy a punto de escribir a Pepe Mujica. Por tercera vez. Por si me responde."

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