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Cómo hemos llegado hasta aquí (II)


Continúa este mapa en cuatro partes, este stalkeo a fragmentos de mi diario personal del año pasado, este recorrido sin contexto ni más pistas hacia una idea que brilla. Una idea que ya no tengo, sino que TENEMOS. Una idea que ya no es solo un sombrero -todos los sombreros- sino que está a punto de tener puertas y ventanas. Una idea con techo para que sea guarida pero que no deja de mirar a las estrellas sobre las tejas.


Ya queda nada para que os cuente. Pero antes:

Madrid, 3 de junio de 2020. 1:40 AM.


"Música de aventuras para construir el futuro. O, al menos, un futuro. Un horizonte hacia el que dirigirse para no vagar en una vida sin más. Para no flotar en la calma chicha de la rutina.


Me acuerdo con relativa frecuencia (siempre que llego al límite) de ese extraño aprendizaje místico de Honduras: Siempre aparece el mal cuando estas a punto de conseguir una victoria. El mal de manera muy física. El mal casi personalizado en el pecho. Un mal palpable que hiere sin matar, que inhabilita, que disfruta no tanto de la derrota como de la rendición. Un mal que socava la moral para derribarte sabiendo perfectamente dónde es mejor hundir el hacha y cuándo.


Lo que comenzó siendo una agonía (a veces el hacha hendía en el cuerpo de otros para hacer más daño) se acabó convirtiendo en una especie de señal de alerta. Si aparecía el mal, si hacía especial daño, es que estaba en el buen camino, en vísperas de algo grande. Era por ahí.


Aprendizajes que hoy, en esta realidad aséptica en la que me he instalado, en este nuevo escepticismo autoimpuesto, no sé si me atrevería a asumir. Quizá hoy esta cuestión del mal físico siempre dispuesto a machacarme para evitar el triunfo la desecharía rápidamente. Aún ahora lo escribo y me cuesta creerme a yo mismo de entonces. Afortunadamente lo aprendí cuando todo eso cabía y queda. Con tanto que tengo por desaprender, no voy a empezar precisamente por eso. Digo yo. No sé.


Me lleva esto a pensar, a estas horas de la noche, con miedo a un insomnio que apareció ayer por primera vez en años, con tarea acumulada como para estar haciendo otra cosa, en ese Miguel Ángel que no tenía miedo a asumir supuestos mágicos como aprendizajes válidos. Realidades espirituales trabajadas como verdades a las que asirse.


No es algo nuevo y ya lo reflexioné una vez mirando al mar. No sé si toda aquella visión del mundo, ese sentirme acompañado constantemente, ese sentirme parte de una historia, ese saberme con un lugar concreto en el mundo y una misión compartida, se sostiene desde mi yo de hoy y desde mis dudas. Desde los saberes que miran hacia el Cosmos y su sentido. Lo que sí que tengo claro es que no me hacía mal. Que, de hecho, me hacía bastante bien, me hacía mejor yo. Más seguro. Luego más yo.


Definitivamente, esa visión del mundo más espiritual (llevo un rato ya hablando de Dios sin mencionarle explícitamente), me es completamente innecesaria para explicarme el mundo. No necesito a Dios para explicarme la vida. Todo encaja sin necesidad de que aparezca. Pero es que igual no tengo que estar constantemente explicándome el mundo. O, mejor dicho, no es para eso para lo que vale. Igual Dios, efectivamente, es completamente innecesario. Como la poesía. Como todo lo que me atrae profunda e irracionalmente y, sin servir realmente para nada, me hace ser más yo. Porque igual no todo tiene que servir para algo ni ser necesario para ser bello y ser bueno. Y en estas ando. Yo qué sé.


Escuchando música de aventuras, con un sombrero nuevo y mirando al horizonte.


¿Cuántas veces tengo permiso para reinventarme?"



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